Wednesday, May 15, 2013

Visión premonitoria de una palabra hueca.

Es la naturaleza de las formas que nunca vendrán lo que le hiela en ese sitio, en este instante. Aturdida en el vacío. Inquieta. Lo ya ocurrido, aquello que no ha de volver a jugar con su huella y sombra adolece de una ausencia profunda. En su insípida presencia no es posible conjugar la razón de cada una de las líneas, no hay espacio más allá del contorno para el esbozo rápido que proyecte potenciales futuros. Anti-existencia. Substancia que causa congojas.

Es en este paisaje de circunstancias donde crece una montaña lejana casi ausente. Aquí estoy yo, congelado a sus espaldas. Somos piedras coronando la colina verde. Su risa se burla del tiempo y mis dedos palpan cada monosílabo segundos antes de que desaparezcan. Velozmente ellas vuelan, surcan el aire ligeras. Cada idea se diluye entre las cuerdas de ese particular pentagrama. Ya no están, luego nunca habrán sido siquiera dichas [eso me dirán]. Nada fluye, no hay testigos para tan claustrofóbico escenario. Silencio.
Corre amurallado el arroyo acá a lo lejos, abajo en el valle que sin lugar a dudas también es verde. Se abren sus piernas [las de ella]  y se desliza peregrina un ave diminuta. Gacela de ojos en paralelo que escupe un trino libertario. Forcejean el símil y la metáfora. Inútiles. Nace de las esquinas caligráficas el improbable huevo. Escúrrese el cofrecito blanco y hunde sus manitas en la parda tierra. Es una piedra. Inmóvil. Somos seres enraizados en lo alto del cerro, como joyas que coronan una regia cabeza.
Acomodo mi pequeño tesoro blanco entre sus pechos y canto versos sobre cosas impensables, sobre divertidos personajes que no han sido, tampoco son. Serán deseos. Habrán almas como perlas, dos robustos testigos encaramados en la esquina de un paisaje de cuentos, en una colina verde

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A Golden Bough