Tuesday, April 24, 2012

La huella del migrante.

Dicen que hay muchas maneras de adentrarse en la existencia humana, pero básicamente yo solo distingo dos. Hay un modo estático, tan caluroso y acogedor como lo puede ser una madriguera hogareña en medio del invierno. Un afincado en el suelo de donde manan sus fuerzas y sus valores y sus razones. Estos [digo yo],  son los más habituales y los que han solidificado la vivencia de ser humano en su sentido civilizatorio. Los homo sapiens en su estadio más claro de desarrollo en cuanto a civilización. El individuo que sabe Estar. Aquel en el cual la condición de Ser se funde y supedita al Estar. El hombre doméstico, el sedentario ha construido lo que hoy es tesoro de la cultura urbana y patrimonio de todos.
 
Existe en mi sentir y ver un segundo modo de ser, y digamos Ser. El caminante, el migrante, el delineador de caminos, senderos, rutas, trayectos, veredas y guardarrayas universales. El Homo Migratorius lejos de lo que pueda pensarse no es ni remotamente una manera de existir nueva, una figura en exclusiva de la contemporaneidad. Siempre ha estado aquí y allí, generando esa subliminal corriente que ha llevado un granito de arena hasta la altura de la colina tropical o unas gotas de agua marina hasta el centro de la mismísima Selva Negra. 

Si los primeros fijan la conciencia y el comportamiento de la Humanidad toda, son los segundos, los que migran quienes vienen a ventilar y a oxigenar la naturaleza voluble y maleable de la identidad planetaria. Y eso es bueno. Bueno porque enriquece. La condición de migratorio no solo es una verdad factual para buena parte de nuestra especie sino que ha evolucionado hasta dejar de estar vinculada a la razón de Estar para devenir también en una cuestión de Ser. Y el ojo y entendimiento en la actualidad de nuestra sociedad nos lleva a Ser móviles aun cuando Estemos estáticos. El ojo comprende y dirige, como si ciertas flechas no marcaran un recorrido material sino también y al unísono, una especie de luminoso sendero en el pensamiento y el alma.
 
Lo móvil es flexible por cuanto padece y sufre de su naturaleza yuxtapuesta. Y digamos que para experimentar la identidad migrante no basta con el cambio de sitio sino también la adición imaginaria o efectiva de una manera sobre otra previa. Es una asentamiento del Ser sobre los posibles estados del Estar que ya en si Son. Y no se detiene el migrante, se sintetiza su existencia en cada paso de la espiral regeneradora. La espiral que diluye lineas fronterizas. 

El viajero se ha detenido, sus pies reposan en un singular punto de un único sistema de coordenadas planetarias. El corazón sigue lo que a través de la imagen se deja soñar y amar. El pensamiento nunca se estanca, siempre continua más allá de las fronteras.
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A Golden Bough