Wednesday, February 17, 2010

MEMENTO MORI

Acuérdate de que vas a morir. Se desata la cabellera al viento gris que desde lo lejano de un mar enfurecido, allá al norte del mundo, llega a ti. En el contorno de ese cuerpo como faro silencioso se decanta la calma absoluta del vacío. Cuerpo de piezas varias, armadas, construidas, ensambladas bajo los dictámenes de cierta perpetua razón emocional que le justifica como base constitutiva de lo estético a ojos nuestros.


Manifiéstese entonces lo evidente, lo inalterable y medular casi imprevisto con anterioridad frente a cada objeto racional que se plantea en el mapa de las definiciones abstractas y sus emociones. Es el recuerdo y aún más la memoria en sí como madero fino en el que alojar malamente el concierto bello que se apresta a fallecer en la efímera temporalidad. Instantes en vuelo que ha usado para introducir el libre y finito ejercicio de existir. Se discriminan las disposiciones elementales, el norte ó el sur; lo de arriba y abajo; aquello cercano que percibimos o bien simuladamente lejano, para dar lugar y escala a la frontalidad y su ilusión cognitiva. Es en esto quizás donde late el corazón existencial del memento mori de la memoria dramática de aquello que sabemos limitado, precariamente hermoso y cercano a morir. Próximo estéticamente a morir.


Permanece el vacío. Hay un agujero obsceno en medio preciso y ajustado de cada conjunto de cosas, cada acumulación de letras, cada temblorosa danza de siluetas; entre las vidas, entre los dedos; justo separando y definiendo cada alma de la otra a su costado dispuesta y enfrentada, la “otra” que le examina angustiada y plena de deseo. Cuentan que no se debe hablar a la ligera sobre aquello llamado por todos “vacío”. Se recomienda al uso y la forma el concepto abierto e intangible de tiempo, ese mismo tiempo ya huido. Para todos en levedad extinto. Omnia mors aequat.


Se detalla en el horizonte cada valor de lo esencial y de la forma. La luz les envuelve con dolor y violencia. La materia que permanece suda su sueño de pretenciosa inmortalidad acotada bajo los signos rígidos de las coordenadas de lugar y naturaleza. La forma se ensombrece. La forma se iguala y uniforma bajo el lapidario peso “esencial” de un pre-juiciado contenido. Persiste el horizonte. Se agranda el silencio y la pupila llora según se establece en el guión. No es necedad estética o de cualquier otra clase lo que mueve al sujeto y su ojo por cuanto se comprende de facto que la necedad no existe, tampoco se escribe ni se valora.
Los cuerpos permutan acorde al deseo del sujeto activo que les define como entes de naturaleza estética. La materia de los cuerpos no es uniforme, es irrelevante dada su multiplicidad, es: aequat. Tras las combinaciones nada arbitrarias del sistema estético se va construyendo un discurso de abstracto pensamiento. 


Permanecen los cuerpos. Las ideas que pretenden allanar el sendero primitivo del entendimiento juegan a falsear la noción material del elemental tiempo. El sujeto que piensa y sopesa el valor del conjunto descubre no solo la brevedad e intangibilidad sino la imposibilidad de sustentar el sistema sobre su propia estructura convencional y frontal. El sistema es cuerpo, fronteras en el cuerpo, vacíos compartidos entre las piezas del juego visual y afectivo. ¿Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio (San Agustín de Hipona). Fallece el discurso estético en un mar de absurdos esquemas de entendimiento. Muere con él la forma y su contenido para dar paso a la presencia vana pero hermosa.


Se da el caso de desistir en el empeño egoísta de justificar la razón de ser del sistema y su discurso derivado. Queda corregido el intento de encuadre y atadura, la palabra y la visualización de la palabra más allá del concepto. Se exponen nuevamente los componentes frente al horizonte. La vaguedad de dicha frontera se manifiesta en lo precario del relieve. La forma transparenta dada su vanidad. El ente pesado colapsa por absurdo e inútil. ¡Es inútil!


Al final la marcha triunfal se orquesta para empalagoso deguste de cierto sujeto pensante: liberae sunt nostrae cogitationes (Cicerón), nos señalaría un anciano maestro.
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A Golden Bough